jueves, 4 de diciembre de 2014
La Raulito (microrrelato)
La Raulito
Empezó a pensar en un nuevo teorema, una nueva definición de la vida, algo que le sirviera para entender su anatomía y conciliarse con el resto.
Porque ya estaba aburrida de explicarse diferente:
- ¿Puedo jugar con los chicos?
- No, que son muy brutos. Ven, mira que vestido he cortado para la Nancy…
- Pero ese fucsia es muy feo… mejor sería verde…
- ¡Calla, calla! Qué sabrás tú…
Y siempre así.
Pero ahora aún era más raro pues si Juan era su novio – o eso decían-… ¿por qué todos sus sueños empezaban con un beso de Lucía?
***
martes, 2 de diciembre de 2014
Ayyyyy!!!.... hoy me acuerdo de mi abuelo, así en sonetos.
Abuelo
Tan pronto te subiste al alto cielo
que ni tiempo tuve de olvidarte;
eras la mano cálida tan fuerte,
donde hundía las mías sin recelo;
eras el brazo alzándome del suelo,
arrullo amigo desde tu alto porte,
mimos de abuelo quiero recordarte
o un beso suave y cómplice en mi pelo.
Tu nombre me asignaron convencidos
de que soy el portador de tu simiente,
pues afirman que somos parecidos.
Yo presumo de ser tu descendiente
y a todos los retoños ya crecidos
del abuelo les hablo tiernamente.
domingo, 30 de noviembre de 2014
Hoy toca infantil. Va una NANA
NANA
Un pájaro lleva en el pico
una espiga muy grande,
parece trigo.
La abeja trajo su miel,
voló hasta un nido,
la dejó en él.
Con el trigo y con la miel
te haré papilla:
si le añado más leche
saldrá pastel.
Nanas de trigo, nanas de miel,
flor de rocío mi churumbel.
Cómetelo todo mi niño;
no tardes mucho
que viene el frío.
Tu madre ya está en el lecho,
ponte al abrigo
busca su pecho.
Nanas de noche, nanas de frío,
te las susurro junto al oído.
Duérmete pronto en la cuna
que luego saldrá la Luna
muerta de hambre.
Nanas de sueño, nanas morunas
te las canta tu padre
mientras te acuna.
Colgada de su alambre
la Luna baja,
tan elegante…
… y a los niños que no duermen
se los merienda
la muy tunante.
La nana, nana, suena en el aire…
….ya mi niño se duerme
sin que se acabe…
viernes, 28 de noviembre de 2014
Hollín (homenaje a todos aquellos niños)
HOLLÍN
León es rubio y ceniza,
cerveza de Praga.
También es serio,
ahora.
León cree que tiene diez años,
aunque sus ojos cuentan más.
León cuida de Arthur,
limpia las botas de Arthur,
prepara el uniforme de Arthur.
Es bueno Arthur,
y fuerte.
A los niños les gustan los hombres fuertes.
Arthur le trae golosinas por las noches,
cuando le acaricia el pelo, cuando le mira.
León no llora.
Nunca.
Las lágrimas que surcan son por el hollín.
Siempre hay hollín en Birkenau, siempre
Se lo contará a sus padres,
algún día,
algún día.
El 19 de enero de 1945
en Birkenau,
León ya no pudo llorar más
-y el aire siguió sudando hollín-
martes, 25 de noviembre de 2014
Otro microrrelato: "Volaré"
Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión… Fue entonces cuando con el lento ronroneo de las hélices se abrió su entendimiento abotargado y desde una lágrima, perfilada entre la emoción y la pena, recordó a aquella morochita de la 31 que juraba muy seria: “¡De mayor volaré por los cielos! Y todos se burlaban: Eso no es para vos, negra, esas son cosas de ricos”.
¡La pucha…!, y vino a ser cierto, pero no como ella soñaba. Luego, cuando el milico la empujó hacia el abismo, cerró los ojos y se dejó mecer entre los vientos.
Al oeste, todavía oscuro, se intuía el resplandor de Buenos Aires.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Antes del tiempo
Cuando el universo era y no era
ese punto que de tanto pesar
nada ocupaba
y el tiempo era tan joven
que por pasar nunca pasaba,
Tú y Yo ya éramos Nosotros.
Cuando el mundo era tan nuevo
que no era
Nosotros tejíamos futuros y poemas
ocultando primaveras en tu vientre.
Cuando la Tierra ya no sea
y sea tierra,
de amor seguiremos siendo juntos
…dura piedra.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Algunos microrelatos
Hola de nuevo. No hace mucho descubrí una propuesta literaria en el programa de la Cadena Ser "La Ventana". Consiste en escribir un microrelato semanal con un máximo de 100 palabras. El texto debe empezar con la frase final del ganador de la semana anterior. Es una divertida propuesta. Aquí os dejo algunos, ya iré añadiéndo más. Espero que os gusten.
MENÚ (nota: En esta ocasión también era obligatorio el tema, pues el programa estaba dedicado al hambre en el mundo)
Recluida en el pozo seco, pronto se callará: Siempre lo hacen.
- ¡Milo!...
El niño se despide en silencio de su valiosa prisionera, cierra con cuidado la trampilla y acude junto a la madre. Al salir del descampado cruzan, esquivando coches, una luminosa avenida escoltada por varios rascacielos. Cuando llegan a la altura del restaurante -ese lugar preñado de aromas al que nunca entran- Milo silabea un cartelón: “Po-llo al a-ji-llo 4 €”. Entonces sonríe y no lo duda…
- “Sí, al ajillo estará buena. Al fin y al cabo las ratas también tienen muslos”.
El Tren
Pero ya nada sería igual ni el mundo el mismo. Tal vez si aquella mujer hubiera accedido cuando el niño insistió de nuevo…
- No puede ser, Adi, es demasiado caro.
- Pero Ludwig sí puede. ¡Mírale, él consigue todo lo que quiere!...
…sólo el tren, mamá, ¡te lo juro! Ya no pediré nada más.
- No…
- Pero… pero… ¿por qué?
- ¿No te das cuenta de que ellos son ricos, ricos judíos de Viena y nosotros no?
Y con esas palabras Klara Hitler dio por zanjado el asunto.
Mientras se alejaban del escaparate, en lo más recóndito del lloroso Adolfo algo cambió para siempre.
martes, 7 de octubre de 2014
MOISA
Hola de nuevo. Este relato ha quedado finalista en el Premio especial sobre la Reconciliación del Canal Literatura. Espero que os guste.
MOISA
- ¡Marijan, Laila!, ¡Volved aquí ahora mismo!
Moisa, sentada sobre el suelo de la estación de Mostar, esboza un gesto severo hacia los niños, consciente de que no les engaña. ¿Cómo podría hacerles más daño del que ya les hace a diario la vida? Bastante llevan ya sufrido. Aun así nunca se cansa de verles jugar y reír como si todo lo que ocurre a su alrededor resbalara sobre esa piel dura y curtida.
Cuando al fin se acercan, les regaña por quitarse los abrigos, olvidando que los niños jamás tienen frío. Cerca, pasea una pareja de soldados españoles -haciendo su patrulla- que la miran con disimulo y sonríen.
- Menos mal que están estos aquí, que si no…
Es guapa, Moisa, muy guapa, pero no lo sabe, o prefiere no saberlo. Tal vez porque esa belleza no le ha dado sino sinsabores y disgustos; primero por ser el objeto de deseo de demasiados hombres, luego porque esa misma cualidad la hizo diferente a las otras mujeres del Centro de detención de Miljevina impidiendo que cumpliera su destino de muerte junto a ellas.
FICHA
Djulic, Moisa nacida Bosnjiak el 18/07/1970 en Sarajevo
Padres: Desconocidos
Casada. Esposo: Djulic, Drazen,
Nacionalidad: Bosnia,
Religión: musulmana
Nota: Protegida por el camarada Milo Djulic. No maltratar.
Por supuesto, esta protección llevaba cosido un precio en su etiqueta: Se llama Marijan y tiene cuatro años.
…
La larga espera sumerge a Moisa en un letárgico ensimismamiento que la lleva a otros tiempos más felices, antes de que empezara el final de todo. Vuelve a la biblioteca de Sarajevo, al rostro sereno de Drazen, a su primera vez juntos, a su olor… Después todo vino rodado, como si las cosas no pudieran ser de otra manera: La conversión de Drazen, la boda por el rito musulmán, los años felices, el embarazo, los ojos de Laila… y al fin el momento más temido: Su viaje a Podgorani.
La familia de Drazen pertenecía a la baja nobleza Serbia, terratenientes que lo habían perdido casi todo en pocos años: Sufrieron el terror Ustacha de Pavelic, la posterior venganza Chetnik, y finalmente las purgas de Tito. Pero conservaban el orgullo de sus antepasados, los vencedores del Kosovo y militaban en el más rancio nacionalismo, siempre soñando con una Gran Serbia imposible.
El recibimiento no llegó ni a la categoría de cortés. Tan sólo Milo, el hermano pequeño, mostró un calculado interés por ella, teñido de desprecio hacia Drazen, como si su conversión fuera la peor de las traiciones.
Entonces fue cuando todo enloqueció, todo. Ahora ellos están muertos, todos muertos, todos…
- ¿Hola? ¿Alexandra? Sí, soy Moisa. Estoy en Mostar con tus nietos…
Por favor, ven…
…
Un bufido agónico anuncia la llegada del decrépito tren. Moisa se levanta nerviosa y se dirige con los niños hacia los vagones. Entre un marasmo de cajas de cartón, viejas maletas y muchas emociones, divisa el pelo alto, entrecano y orgulloso –inconfundible- de Alexandra, su suegra por partida doble. Llevan cinco años sin verse y se observan en silencio buscándose la una en la otra. Ambas han cambiado, ambas han bajado a los infiernos para resurgir con el alma lacerada, pero se reconocen como parte de una estirpe de mujeres que les une más allá de los genes. No hay llantos, no hay reproches, tampoco besos ni gestos excesivos. A través de la mirada se comprenden y, en silencio, se erigen en las firmantes secretas de un pacto de futuro, cómplices en la esperanza, garantes de una paz que rompa con la historia.
- “Marijan, Laila… dad un beso a vuestra abuela…”.
Entonces, cada una con un niño de la mano y enlazadas por sus brazos, emprenden el lento camino a Podgorani, hacia lo poco que quede de la vieja granja familiar. Sólo se tienen la una a la otra en el mundo; Alexandra, serbia ortodoxa, Moisa, bosnia musulmana. Ambas han perdido demasiado en esta guerra infame, pero se saben necesarias.
Tal vez esto sea lo que llaman reconciliación, acaso simple sentido común. Por eso, desde la tierra de sus antepasados, lucharán por sobrevivir y rezarán -cada una a su Dios- para que ni Marijan ni Laila, tengan que enfrentar jamás otro huracán de odio o el punzante rencor nacido de una bala.
sábado, 17 de mayo de 2014
AMANTES
Hoy tengo ganas de poema. Aquí os dejo uno.
La
gacela alza el cuello
atraída por su agrio olor tan fuerte.
Trae promesa de un peligro excitante
y tan de frente que la obliga a demorarse
en su carrera
-cómplice del duelo del amor
y de la muerte-
El león la abraza enamorado
de su espanto.
La besa con beso posesivo,
y absorbe sus alientos hasta hartarse
-borracho de sollozos-.
Mirándose de amor, al amor ceden
los dos con sangre apasionada.
Y así tumbados
el misterio de la carne se resuelve:
el león y la gacela son amantes…
(…pero no lo saben).
...
atraída por su agrio olor tan fuerte.
Trae promesa de un peligro excitante
y tan de frente que la obliga a demorarse
en su carrera
-cómplice del duelo del amor
y de la muerte-
El león la abraza enamorado
de su espanto.
La besa con beso posesivo,
y absorbe sus alientos hasta hartarse
-borracho de sollozos-.
Mirándose de amor, al amor ceden
los dos con sangre apasionada.
Y así tumbados
el misterio de la carne se resuelve:
el león y la gacela son amantes…
(…pero no lo saben).
...
miércoles, 8 de enero de 2014
Halloween
¡Cuanto tiempo sin pasarme por aquí! Pero, bueno, no hay mal que por bien no venga y aquí traigo otro relato que ha quedado primero en el XXX Certamen del Picarral. A ver si os gusta.
HALLOWEEN
Nada más traspasar la puerta del edificio, el pie derecho de Justo se desliza sobre la viscosa untuosidad de un caramelo. Imperturbable, sigue caminando sin detenerse siquiera a mirar, siempre aferrado a su rígida postura: Cabeza gacha, barbilla pegada al pecho, hombros encogidos y cuerpo adelantado, como un fugitivo. De esta manera su enjuta silueta se vuelve invisible. Pero esta vez, la pegajosa adhesión de esa inocente golosina le ocasiona una leve cojera asimétrica y tenaz que entorpece el rápido discurrir de su paso nervioso. Enfadado murmura un exabrupto, al compás de su ritmo sabrosón, más espeso que todos los dulces del mundo juntos: ¡Malditos críos!, ¡malditos ellos y sus padres!, ¡malditos los vientres de las rameras que os concibieron!…, ¡os iba yo a meter “hallowen” por donde más duele…!
Nadie se habría imaginado nunca que esa boca fuera capaz de articular tales disparates, porque la presencia física de Justo es engañosa. Trae un rostro delicado, con pómulos insinuados, ojos claros de mirada triste y labios sensuales. Pequeño de talla, muestra unas hechuras livianas, casi evanescentes. Un conjunto que no encaja con su gesto sombrío y huidizo.
En realidad la personalidad de Justo es una incógnita universal porque ni su mujer, Juanita, ni su hija, Vicky, tienen un cabal conocimiento de los recovecos más íntimos que componen a este ser oscuro. Además siendo de naturaleza huraña, tampoco disfruta de amistades verdaderas con quien compartir emociones y esperanzas.
La psicología le consideraría misántropo, misógino y paranoide, todo ello aliñado con un picante toque de trastorno obsesivo compulsivo. Ahora bien, para el lenguaje común la explicación de su carácter es mucho más sencilla: Justo es raro de narices (y eso diciéndolo por lo fino).
Su vida transcurre en una plácida medianía donde aparenta sentirse a gusto: Milita en ese limbo intemporal que abraza a los hombre entre los treinta y los cincuenta años, su economía, sostenida por un salario industrial, le permite sobrevivir sin excesos pero sin sobresaltos y habita una vivienda de tipo medio en un barrio periférico igual al de cualquier otra ciudad mediana (¿por qué no Zaragoza y el Actur?). Incluso su forma de vestir es también anodina: Informal pero sin estridencias en el estilo, apagada y monótona en los colores. Puntilloso, relamido, con el peinado siempre perfecto… en resumen, gasta los aires de un seminarista casi posconciliar.
Desempeña su trabajo en una conocida multinacional del automóvil (¿tal vez la GM?), siempre en el turno de noche. Desde su punto de vista esto tiene varias ventajas: Mejor sueldo, menos jaleo, pero sobre todo hay dos aspectos que son muy apreciados por quien odia los cambios: La monotonía de su labor y la ausencia de sorpresas. Como detalle añadido, sus horarios extemporáneos le permiten evitar la mayoría de los molestos contactos personales a los que obliga la sociedad.
Puede extrañar que Justo, con estos antecedentes, superara su misoginia para casarse, pero aquel matrimonio más que del amor nació por puro agotamiento. Ambos, Justo y Juanita, pertenecían al mismo grupo de compañeros de colegio. A lo largo del tiempo la pandilla se fue escindiendo de manera natural hasta ser ellos sus únicos representantes. Así, las cosas cayeron por su peso y los dos elementos más insulsos del conjunto terminaron unidos por una simple cuestión de persistencia. En el imaginario de Justo el matrimonio es el estado ideal de las personas “decentes”, mientras que Juanita, tímida hasta lo patológico, no tuvo carácter suficiente para rechazar su propuesta.
De modo que formaron una familia, al uso tradicional, e incluso tuvieron una hija, lo cual es admirable pues Justo no se caracteriza por sus efusiones afectivas y menos por las sensuales que jamás han ido más allá de lo estrictamente imprescindible. Juanita, por su parte, carece de genio para resolver esta situación y se limita a mostrar su desencanto mediante silencios y amargura. Desgraciadamente para ambas, es en las distancias cortas de la intimidad donde Justo se desinhibe y libera sus rarezas convirtiendo la convivencia en una suerte de tortura. Sorprende que de un ser tan minúsculo y frágil rezume tanta mala baba.
Y así están las cosas hoy, día 31 de octubre, cuando retumba el teléfono a una hora infrecuente:
- ¿Diga?
- ¿Justo?
- Sí, soy yo, ¿quién es usted?
- Soy Puri, la vecina de tu madre…
- Ah, sí…. Dígame…
- Verás, disculpa que sea un poco brusca, pero tu madre ha fallecido esta tarde.
- … Ya… ¿Cómo ha sido?
- Bueno, estaba muy enferma… no sé si lo sabías.
- No… no tenía idea…
- Mira, mañana a mediodía la vamos a enterrar. Tus tías no querían que te avisase, pero ella me lo hizo prometer antes de su muerte. Yo he cumplido. Ahora tú sabrás lo que haces.
- Vale, vale, gracias… adiós.
Y aquí acaba la conversación. Justo, más pálido de lo habitual, se retira a su despacho seguido de cerca por Juanita que le pregunta preocupada: “¿Quién era?, ¿qué ha pasado?”…Sin dignarse contestar, cierra la puerta en sus narices y echa el pestillo. Entonces, y durante un buen rato, del interior escapan gritos, llantos, extrañas voces - ora de hombre, ora de mujer-, algunas risotadas siniestras, varios golpes fuertes y, luego, un silencio inquietante.
Vicky y Juanita, aterrorizadas, aguardan junto a la puerta en un vano intento de comprender algo cuando, sorpresivamente, Justo abre la puerta, sale ligero y, sin más explicaciones, ordena: ¡Vámonos!
- ¿Pero, cómo?, ¿a estas horas?, ¿a dónde?...
- A Judes. Mi madre ha muerto. Así que os quiero a las dos vestidas de luto riguroso. ¡Venga, rápido!
Y esta es toda la comunicación que mantienen durante las dos horas y media que dura el trayecto.
Judes es uno de esos pueblos perdidos en la montañosa Soria -a desmano de cualquier lugar-, cuyo pasado fue glorioso y que ahora sobrevive apenas habitado por medio centenar de ancianos. Justo marchó de allí una tarde a finales del verano de 1975 con destino a un internado de Zaragoza y nunca ha regresado. Parece que aquel viaje tuvo algo más de expulsión que de salida escolar, pues no estaba previsto pero, si se pregunta a los testigos, nadie ofrecerá una explicación convincente sino simples vaguedades, dando la impresión de existir algún pacto de silencio.
Curiosamente, ni Vicky ni Juanita han estado nunca allí, ni saben nada de una infancia que nuestro protagonista parece haber enterrado. Sólo conocen su existencia por la partida de nacimiento que presentó cuando la boda, pero nada más puesto que Justo no tolera preguntas sobre el asunto.
Llegan ya bien anochecido y, pese a los muchos años de ausencia, Justo no tiene ningún problema en reconocer la casa familiar. Durante este tiempo, hasta los pueblos más remotos han experimentado un notable desarrollo: Calles asfaltadas y bien iluminadas, redes de saneamiento, pabellones deportivos, plazas renovadas, ayuntamientos rehabilitados… pero todo esto no deja de ser una fachada. En cuanto se traspasa el umbral de las viejas casonas centenarias, asoma la verdadera esencia decimonónica y patriarcal de la Castilla eterna.
La puerta de la casa mantiene una hoja cerrada, mientras que por la otra, entreabierta, entran y salen los escasos vecinos para ofrecer sus condolencias y acompañar a la familia. Los hombres aguardan fuera, circunspectos, comentando los detalles de la reciente sementera. Dentro las mujeres, todas de negro, se reparten en rededor de una sala amplia y mal iluminada, mientras musitan la lenta melodía de un rosario desganado. Antonia, la del carnicero, lleva la voz cantante en la oración, con esa facilidad que otorga la práctica cotidiana.
La entrada de Justo y su familia origina un revuelo discreto de miradas y cuchicheos, amortiguados por el chirriar inquieto de algunas sillas sobre las losas de barro cocido. Solamente Doña Puri se acerca a saludarles y les agradece su presencia:
- Me alegro de verte. Has hecho lo que debías. ¿Ésta es tu esposa?, y ésta tu niña… ¡qué guapa!
- Encantadas…
- Tanto gusto
- Vale, vale, -interviene Justo con sequedad- … ¿dónde está mi madre?
- Todavía no la hemos bajado. Te estábamos esperando para prepararla. Ya sabrás que te corresponde a ti elegir el vestido para amortajarla….
- ¿De veras?- responde horrorizado-....
- Es la costumbre… A falta de hijas. Tu madre insistió en que fueras tú.
Las tías, entretanto, se limitan a observarles desde el fondo: a él, con desprecio, y a ellas con curiosidad morbosa. Justo, de nuevo demudado, las ignora sin alentar una sola palabra, como si hubiera entrado en un estado catatónico. Juanita y Vicky, por su parte, son conscientes de estar participando en un dolor ajeno a ellas pero, respetuosas y sumisas según su costumbre, se incorporan al coro de mujeres y desaparecen en la semipenumbra de los rincones, tan bien adaptadas al entorno como si hubieran nacido allí.
Doña Puri insiste y poco menos que tiene que empujarle escaleras arriba para que cumpla su cometido.
- ¡Venga, Justo!, compórtate como un hombre por una vez. Ya sabes dónde está todo, que no se diga. Y, por favor, no nos des otro espectáculo…
Justo tarda en reaccionar, atenazado por una aprensión visceral. Ofrece una expresión perdida y la piel translúcida. Cada poro de su cuerpo se rebela a través de un minúsculo temblor, y pese a todo, igual que al condenado camino del cadalso, su progreso se confirma mediante el quejumbroso gemir de los peldaños de madera antigua que, uno a uno, van anunciando la ascensión. Sin una transición consciente, Justo se descubre abrumado en el dormitorio grande, el que fuera de su madre y antes de su abuela. Aquí está el lecho secular, el altar donde se han gestado durante generaciones los destinos de la familia, con sus triunfos, sus miserias y sus enigmas.
Con movimiento mecánico abre el gran armario ropero, de sólidos tablones, para enfrentarse al vestuario completo de sus ancestros expuesto en este escaparate como un laberinto de vivencias y pasados: Allí, bajo ropa centenaria, también descansan cajas de contenido mágico: Joyeros engalanados, sombrereras asustadas por boas con hambre de marabú, pieles adormecidas de animales extinguidos… y todo el devenir de una estirpe que nunca se desprendió de nada.
Según contempla, extasiado, tanta historia, sus ojos tropiezan en el espejo lateral con la imagen de un hombre mediocre y aburrido. El hedor de esa visión provoca un estallido en su interior, que se dispersa y recombina como los mil cristales de un caleidoscopio prodigioso. Su razón evoca momentos remotos y acallados: el calor de un verano pegajoso, la picazón de un adolescente atormentado, el temblor asustadizo de quien se sabe transgresor de la moral, culpable de pecado. Se recuerda excitado de placer por lo prohibido, mareado de impaciencia golosa ante la arrebatadora visión de aquellos largos trajes rematados con encajes, por la promesa galante de la esencia de violetas, el aroma saturado del carmín, la delicada suavidad de las polveras… todo demasiado sugerente para esquivarlo, demasiado tentador…
…tanto que su deseo, desbordado, rompe y se desliza entre satenes, fluye vaporoso hacia emociones y peligros, se eleva sobre un miedo hecho de nube, como magia destilada y atrevida…. hasta derramarse en lluvia líquida tras el lamento imposible y repentino que emana de su madre muerta, de todas las madres muertas, de todas las bocas muertas -las de ayer y las de mañana- descomponiéndose en vida. Un barullo viejo y una conmoción nueva, confundidas en la misma y perpleja baraúnda de insultos, lloros y risas dislocadas, como si pasado y presente fueran una sola cosa.
Porque esta noche, como aquella otra memorable de 1975, Justo asoma al pie de la escalera transmutado en niña antigua. Trae el mismo glamour de una opereta y galopa sobre un enorme “dejavú”. Y una vez más el pueblo reunido con la muerte -en aquel día lejano la de su padre, hoy por la de su madre-, se escandaliza y ruge ante la tenue figura embutida en sedas y tafetanes: Muñeca fantasmal, de boca muy pintada, tez lechosa empapada en colorete y una mueca obscena entre los labios.
De sus ojos se desprende la mirada fundida de un ser que ha roto todas las barreras, esa maraña de obstáculos que había erigido desde entonces para ocultarse de su verdadera naturaleza. La realidad de alguien encerrado en un cuerpo que no le corresponde, reprimido hasta la enajenación por confesores apocalípticos, maestros recalcitrantes y una sociedad hipócrita y castrante que no sabe perdonar.
Fijaos bien, ésta es su única identidad, la que nunca supo manifestar, la que le roía el alma desde dentro y, pugnando por liberarse, le anulaba.
Por fin, un Justo transformado, deslumbrante, se planta en el centro de la habitación y, con provocadora voz de vicetiple, escupe su victoria:
- ¡¡Miradme, hijos de Judes, he vuelto!!
Y es que, como todo el mundo sabe, en las noches de Halloween los niños salen disfrazados de sus casas, los espectros se remueven en las tumbas, los caramelos se escapan de sus envoltorios y las muñecas antiguas, ataviadas de organdí, abandonan para siempre los viejos armarios roperos de las mansiones encantadas.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Diciembre... otra vez
ARRUGAS (a mi padre... por los años que no cumplió)
Qué extrañas las arrugas imponentes
de tus huesos
temblando el calcio por los años
que no tienes y te cuento, y te pronuncio.
Noventa puñetazos en la fecha
señalados, y treinta caracoles, treinta,
que no llegan
como treinta monedas traicioneras,
como treinta aldabonazos.
Te quise adjudicar todas las deudas
y hacerte reo por faltarme tanto y cuánto
-sobre todo cuánto-
de tus dedos a mis canas sin remedio.
Ahora que no puedo imaginarte
siendo un viejo paso a paso
te adjudico una arruga por diciembre
de regalo, y la cuelgo profunda
entre mis gestos.
***
miércoles, 21 de septiembre de 2011
DESCRECIENDO (alzheimer)
DESCRECIENDO
Olvidar
es un trabajo amable
fecundo en resultados.
Me aplico y sin esfuerzo
millones de lagartos devoran
con ritmo diluviano
marañas que forjaron
mis cariños, lastres
pegajosos por queridos,
molestas trazas
cerebrales de aquello
que escogí
cuando era humano.
Un perezoso avanza en retroceso
subiendo hasta las venas
del recuerdo; mastica
y se alimenta de golosos sustantivos
-nombres propios sin sonido-
desnudándome paciente
con su bruma
-un diente triturando el acertijo-.
Dentro de mí
renazco enrabietado
en niño grande;
tras cada axón ausente
me acerco al objetivo:
desconexión tenaz y programada
hasta mi nada herida.
A veces
las arañas se resisten
laboriosas y urden viejas
tramas viejas que galopan,
a veces,
azules los destellos…
-Olor que fue verano
tu beso en mi mejilla
tu rostro junto al mío
tu mano y mi extrañeza-
…retazos que salpican
mientras yo, jugando al
escondite
me oculto en mi guarida
vacía de emociones.
¡¡Oh!! Retorna el niño
que no era
descreciendo por momentos
¡¡atrás, atrás, al útero gigante!!
Vuelvo a ser lo que no fui,
oscuro y negro eterno
como antes,
como antes de haber sido:
vacío, vacío, vacío…
¡Sentid el universo pleno!
***
jueves, 1 de septiembre de 2011
PELOTAS
Tras este largo periodo de vacaciones que se ha tomado el Blog (en contra de mi voluntad, os lo aseguro) continuamos precisamente con un relato inspirado en una experiencia de estos días. A ver si os gusta.
PELOTAS
A Eleuterio Galán nunca le gustaron las pelotas. Ni los niños, ni sus risas… acaso porque él no fue feliz cuando tocaba.
Si tuviéramos que explicar la infancia de Galán, la palabra “desdichada” se nos quedaría corta. Era Eleuterín silente y esquinado, de esos niños entecos y piernicurvos, huérfanos de cualquier habilidad social y tan proclives a recibir las burlas de los demás, como si con un imán interior las atrajesen; o dicho de otra manera y en castizo: era el “capacico de las hostias”. Además a todo este despropósito se añadía su única virtud: La inoportunidad. Tenía nuestro mocoso la insana costumbre de asomar en el peor de los momentos: Si rompían un cristal jugando al fútbol, todos escapaban a tiempo, menos él, tan despistado… o si un maestro ordenaba silencio, siempre quedaba su voz en el aire, portadora de una última palabra fatal –fatal para él claro, que sus compañeros bien que se divertían con sus desdichas-.
Naturalmente, su autoestima era un ente imaginario, como los Reyes Magos o Superman. En cuanto al físico… ya apuntamos algo sobre esa esmirriada anatomía. Los niños asumen con naturalidad la ley del más fuerte, y la aplican con abundancia generosa. Imaginaos el resultado de tal práctica sobre su endeble organismo: Todo él era una sucesión de moratones, rasguños y magulladuras varias.
Eleuterio no era inteligente -tampoco en eso la providencia fue generosa con él-, pero sí rencoroso y tozudo. A trancas y barrancas fue pasando los cursos, más por el poco entusiasmo que despertaba en los profesores la perspectiva de soportarle otro año que por méritos propios.
Lo cierto es que tantos golpes y tantas humillaciones acumuladas, le indujeron a tomar medidas paliativas, y como solución se le ocurrió apuntarse en secreto a un gimnasio culturista, de esos que se anunciaban mediante asombrosas fotografías en blanco y negro de hombres musculados con deslumbrantes sonrisas falsas. Y sí, a base de sudor y lágrimas –sin perjuicio de lo que ayudaron la edad y sus hormonas-, lo consiguió: supo labrarse un cuerpo envidiable, repleto de morcillas y cuadraditos.
Lamentablemente para él, a esas alturas –había alcanzado los 21 años- ya no estaba en la escuela, ni nadie de los de su entorno mostraba demasiado interés en pelearse, pues andaban todos más atentos a las chicas, los bailes y otras salsas. Asomaba de nuevo su extemporaneidad y los deseos de venganza debieron posponerse.
Ahora el reto consistía en manejarse en el sutil mundo del flirteo. Huérfano de cualquier experiencia en ese terreno -que demasiadas horas había tenido que invertir en el gimnasio- sus repetidos fracasos amorosos fueron de escándalo pues así como quien dice, “se le había pasado el arroz” y la “bola” que alimentaba su frustrada personalidad, siguió creciendo.
Llegados a este punto, daremos un salto en nuestra historia para encontrarnos a Eleuterio Galán ya entrado en ese monumento indefinido que llamamos madurez. Se había malcasado con una mujer irritante y perversa -era la única que quedó libre en su exiguo mercado sentimental- que tenía la capacidad de elevar el sentimiento de amargura a la categoría de maravilloso. Por aquella época se había empleado en la pescadería de un conocido supermercado. Allí, su limitado intelecto quedaba compensado sobradamente por aquella fuerza física que con tanto tesón había conseguido, y era muy apreciada su destreza para cargar y descargar las cajas más pesadas. Luego, frente al mostrador, exhibía una exquisita habilidad en tajar, abrir, lonchear, rebanar y limpiar cabezas, colas y tripas -cuanto más grandes mejor- como si con cada golpe aliviara la rabia acumulada por años de desprecios.
Este trabajo no estaba demasiado bien remunerado, pero a base de esfuerzo, ahorro y alguna ayuda familiar, Galán y su esposa consiguieron entregar la señal que les acreditaba como propietarios, mediante la consabida hipoteca vitalicia, de un bonito piso a estrenar en la mejor zona de un moderno barrio del extrarradio. El bloque contaba además con un precioso jardín y ¡hasta con piscina comunitaria! Aquello suponía –según su mentalidad simplista- ascender de golpe cinco peldaños en una escala social tan imaginaria en su cacumen como inexistente en la realidad.
Estas nuevas urbanizaciones solían habitarse, en su mayor parte, por jóvenes parejas muy predispuestas a ampliar el censo electoral, de manera que en pocos años el edificio duplicó sobradamente su número de ocupantes, especialmente el de mamones. Aquella etapa fue llevadera, pese a que para pagar la maldita carga hipotecaria, Eleuterio hubiera de doblar turno repetidamente, e incluso pese a su mujer, que cada vez se mostraba más impertinente con él –acusándole a voz en grito de impotente y fracasado-. Con eso y todo, Eleuterio no sentía ningún recato en pasearse por el jardín durante la temporada de piscina luciendo una tanga cuidadosamente escasa y pensada para que se pudieran apreciar cumplidamente todos los relieves de su otrora perfeta anatomía aunque ya camino de la decadencia. Le encantaba sentir los cuchicheos de admiración que despertaba a su paso, especialmente entre las féminas (en un discreto aparte habremos de confesar que Eleuterio no tenía la capacidad suficiente para discernir entre el asombro, la sorna y la rechifla, aunque este detalle no se lo explicaremos, que bastante lleva el pobre con lo suyo).
Pero el mundo es cambiante y los niños tienen la perversa costumbre de crecer, y con sus largas piernas aparecieron también un sinfín de ruidosos juegos, aliñados con jubilosas manifestaciones de exaltación vital. Llegó el momento en que toda aquella caterva de enanos, estaba más cerca del bigote que del sonajero y aprovechaban las vacaciones para disfrutarlas con reuniones interminables en ese jardín del que tanto presumía Galán cuando recibía visitas.
Por supuesto, estas efusiones no eran mudas y nuestro protagonista, que madrugaba lo suyo, sufría en sus carnes -más bien en su ligero sueño- tanta alegría puberescente.
Tras diversas quejas e insistentes reuniones -promovidas por nuestro héroe-, con el administrador y resto de vecinos, se determinó que, en lo sucesivo, la utilización del jardín quedaría limitada desde las once de la noche, prohibiéndose todo tipo de actividades ruidosas. Mas una cosa es predicar y otra dar trigo, y nuestros jovencitos no se sintieron aludidos por semejante normativa; y aunque sus papás les advertían de la conveniencia por respetar lo acordado, apenas obedecían, acaso llevados por ese gusto en llevar la contraria con que se nutren las primeras muestras de independencia.
Lo cierto es que este “jaleillo” nocturno molestaba sobremanera a Eleuterio, obligado como estaba a levantarse más pronto de lo recomendable, y fue la causa directa de una profunda y permanente irritación. Atormentado por el asunto, se lo tomó a modo de cruzada personal, y removió cielo y tierra para conseguir dormir sin interrupciones. Al tiempo, lo que comenzó como una petición razonable, se transformó en una obsesión, seguramente porque su salud mental se había resentido con tantos años de vejaciones, reales o imaginadas. A la postre el problema del ruido desapareció prácticamente en su totalidad –los niños maduraban-, aunque no así la asistencia de la chiquillería a tranquilas reuniones nocturnas. Pero aquello ya no era suficiente para él, pues imaginaba la situación como una suerte de reto directo hacia su persona, otra prueba que le imponía el destino para castigarle -todo esto bien exacerbado por su linda mujercita que se permitía llamarle calzonazos en público con más frecuencia de lo recomendable-.
Comenzó entonces un juego diario del ratón y el gato, en el que nuestro amigo presumía de ser el gato y los menores sus delicados ratones. Cada noche se presentaba a las once en punto en el jardín para espantar a los jovencitos a base de amenazas, insultos e incluso algún amago de agresión. Tanto pudo su tesón que aborreció definitivamente a todo el vecindario hasta que en una insospechada noche serena se obró el milagro; cuando bajó al jardín comprobó, sin ningún género de duda, que la constancia tenía premio:
¡Nadie ocupaba el recinto donde, además, reinaba el más placentero de los silencios!
Por una vez en la vida había logrado imponer su voluntad. Falto de costumbre y más exaltado que emocionado, se situó en el centro geométrico del jardín frente a todas esas ventanas que siempre consideró hostiles. Protegido por el oscuro silencio algo se removió en su interior, algo que alentó un impulso incontenible: Bajo los ojos, allí donde confluyen en confusión el llanto y la alegría, se desbordó una lágrima antigua; entonces, sin control alguno sobre sus actos, ejecutó un furioso corte de mangas dedicado al universo…
… y se masturbó triunfal.
Epílogo:
Doroteo Gobantes, de “Gobantes & Asociados, Administradores de fincas”, llegó más pronto de lo habitual a su despacho. Sudoroso y urgente, anotó en su agenda: “Comunicar sin falta a Eleuterio Galán, de Urbanización Los Girasoles, que ya está instalado el sistema de video-vigilancia dinámica que tanto ha reclamado. Hoy mismo se repartirá a todos los vecinos la primera grabación, realizada anoche, para que se pueda comprobar quiénes son los gamberros reincidentes y obrar en consecuencia”… y respiró aliviado. A ver si así dejaba de darle la murga, de una puñetera vez, ese peligroso psicópata.
lunes, 30 de mayo de 2011
CUANDO DIOS ERA PEQUEÑO
.
En un principio Dios sólo era un punto
ciego y muy pequeño.
Tan pequeño que explotó de rabia por no verse,
deshaciéndose en pedazos.
Después, a base de chocar y batirse
como leche en chocolate, nació el hombre,
-es decir, Dios-
consciente de ser, y no ser nadie.
Entonces vio al fin el resultado
-no sé si le gustó-
...
En un principio Dios sólo era un punto
ciego y muy pequeño.
Tan pequeño que explotó de rabia por no verse,
deshaciéndose en pedazos.
Después, a base de chocar y batirse
como leche en chocolate, nació el hombre,
-es decir, Dios-
consciente de ser, y no ser nadie.
Entonces vio al fin el resultado
-no sé si le gustó-
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miércoles, 4 de mayo de 2011
EL DESPERTAR
Nota: Este relato ha recibido el primer premio en el X certamen literario "Valentina Ventura" de Tauste (Zaragoza). Los que hayáis leído el relato "Laburo, no más", notaréis que se retoma el personaje de Escolástica Falcón, se repasa de manera somera su historia y termina precisamente con el nacimiento (o encuentro) de Gualterio Falcón. En realidad sería otra parte de una historia más compleja... pero al tiempo. Confío en que os guste.
EL DESPERTAR
Escolástica Falcón despertó bañada por ese asombro anaranjado y lejano que La Cordillera derrocha desde su horizonte inagotable. Con un bostezo agradecido volvió a recordar por qué había elegido para recogerse aquel rincón sereno del paisaje pampeano.
Como cada mañana desde hacía veinticinco años, bajó de la cama, se salpicó la cara en el aguamanil y, parada frente a un gran ventanal henchido de cumbres andinas, dejó secar su rostro al aire mientras evocaba sin temblor aquellas otras cimas pirenaicas de una infancia remota. Por un momento tan breve como ese hueco ausente y forzado que le lacraba el vientre, se imaginó feliz.
La vida de los desposeídos no tiene senderos lisos, y La Doña -que así era conocida por aquellos yerbatales: en mayúsculas y con respeto-, hubo de transitar desde bien niña por los más abruptos.
Al igual que tantas otras antes y algunas menos luego, Escolástica nació rodeada de hambres sin alivio en una aldea escasa del Aragón antiguo. Siendo despierta como era, para calmarlas practicó el más común de los afanes: con trece años huyó del surco y se buscó la vida en Barcelona; primero de mandadera en un comercio de coloniales y luego -ya pimpollo reventón- ejerciendo como doncella en una casa rica del “Passeig de Gràcia”.
Allí, aturullada con tanto marabú y tanta moderna elegancia, Escolástica perdió el terciopelo suave de alberge que explicaba la inocencia de sus pechos y algo más que no se nombra porque no hace falta, o porque queda más abajo de lo prudente. Tenían los señoritos burgueses de entonces una predilección malsana por las muchachas limpias del campo, en un torpe intento por emular las modas de lo natural que aprendieron cuando estudiaban en Manchester y Londres, -igual que hacer “sport”, o la gimnasia sueca-. La misma predilección que urgencia gastaban sus “papás” por deshacerse del “problema” según empezaba éste a crecer en el seno de la incauta -por algo aún escondían, junto a los valores del Bolsín, los viejos trabucos del somatén y las sotanas-.
Escolástica comprendió enseguida lo que vale una promesa de amor, es decir, nada, y lo mucho que cuesta desprenderse de los llantos; y también recordó lo que ya sabía, que una mujer sola, embarazada y pobre, sólo tiene una acera por recorrer: la que lleva directa al hospicio de “La Caritat” -donde arrumbó al bebé, deshecha en duelo- y sin demora a la calle Avignón, pues en aquellos renombrados “mueblés” empezaban su “carrera” las mocitas guapas y engañadas de los pueblos -y menos mal, porque aún atesoraban tiempo para terminar en peores sitios-.
Excepto dinero, el azar había depositado en Escolástica toda clase de virtudes para encarar las cosas como vienen, de modo que no supo estarse quieta y pronto se hizo con una reputación -no sé decir si buena o mala, pero a todas luces rentable- que le aseguraba un buen pasar.
No era “Lasteta” -que por ese apodo la reclamaban sus clientes con bastante rechifla- mujer de aguantaderas, sino traviesa y atrevida; lista, sí, pero también joven -demasiado- y, por ende, enamoradiza. Así que no tuvo mejor ocurrencia que renunciar a lo seguro y embarcarse hacia Cuba, hay quien dice que influida por el ritmo melancólico de las habaneras que tanto sonaban o, más bien, seducida por los mostachos impecables y el mirar profundo de un Piloto de mareas -¿por qué no sabrán convivir inteligencia y pasión sin estorbarse?-.
Y a partir de ahí, dibujada de “femme fatale”, comenzó su leyenda de seducciones, huidas y derrotas -aliñada por un rastro de niños incluseros-; una aventura de caídas y pasiones donde enfrentó a hombres con hombres, amó sin cortapisas, provocó duelos y alivió mil llagas. Era Escolástica puro imán que busca al hierro -para con él herirse sin reblar nunca-, obsesionada por hallar algún nuevo horizonte donde ocultar ese desencanto ahogado que le ladraba desde dentro como una rabia sin manos que morder: Desde La Habana a Caracas, luego Bahía -flor de cacao-, después Iquitos -de puro caucho-, Salta, el Neuquén… un periplo de lugares, escándalo y reyertas.
Años más tarde, ya corrida y desgastada, jamona por la edad y harta de galanes, fue a darse de bruces con un impresionante caserón colonial a desmano de cualquier señuelo, y se encandiló con tres ventanas -mejor dicho, del paisaje andino que enseñaban- seguramente pensando que éste no le abandonaría nunca, como sus otros amores, o porque rozó en ella algo que se fingía muerto y despertó.
Con parte de lo guardado, que no era poco, adquirió la finca y montó una pulpería para dar servicio al gaucho y al milico, al indio y la barragana, sin despreciar a nadie. Se relacionó bien con los estancieros del contorno, que buena escuela tenía, y recibió el reconocimiento general de la provincia y todos sus secuaces.
Así estaban las cosas aquel día de abril que anuncia nuestra historia cuando, extrañada, sintió moverse una sombra en el zaguán contiguo mientras se escuchaba un ronroneo suave como el lento musitar de una triste milonga. Salió afuera nerviosa, con el corazón botando, para encontrar allí lo que intuía: un cestillo en el rincón, desbordado por dos ojos asustados. Y ya fuese por caridad, o porque también tenía culpa en la conciencia -pues más de un mamón olvidó ella por esas tierras de Dios- fue sentir llorar al desdentado, que se le puso un calor así, bien prieto al pecho, y comenzó una emulsión feroz de lágrimas antiguas; y tanto pudo la naturaleza de las viejas penas que donde la ley de las cosas rectas hubiera dado en sofocos y sudores, estallaron dos manchas de leche incontenible que escurría en su camisa como llanto de pezones.
Y ya no hubo fuerza en el mundo para separarla del pequeño, y a nadie sorprendió demasiado tal milagro, pese a que las mujeres sesentonas -las corrientes-, no sacan su historia licuada en leche por los pechos. Pero así eran las cosas en aquel lugar y en aquellos días.
Es cierto que hubo quien se malició si todo era un engaño de Doña Lasti para esconder algún devaneo inconfesable, y que tal milagro no fue sino teatro por preservar su honra, y que de tan gorda como estaba nadie notó el embarazo. Tal vez, aunque en verdad la virtud de La Doña, bien dudosa, no necesitaba tapujos, y que su avanzada edad seguía otorgando al asunto la categoría de extraordinario.
Lo que tiene la natura es que no miente, y al cabo de cuatro años de alimentar tantos hijos perdidos -que ni un día dejó de darle el pecho al pequeñín-, el rorro había medrado fuerte y compacto, sano y “colorao” como un potranco, al tiempo que La Doña se consumía igual que la cecina seca, y tal pareciera que se le iba el ser disuelto en leches y calostros. Y donde hubo abundancia no quedó sino tendón y sarmiento, y pieles flojas, y ojeras agarradas. Aquello semejaba una suerte de trasvase entre dos cuerpos, pues lo que se perdía de una parte se instalaba completo en el muchacho, lo mismo las carnes que sus genios fuertes.
Al poco tiempo murió, por extenuación, quien tanto había vivido y no hubo alma del paisanaje que no pasara a presentar sus respetos, y más los agradecidos que eran muchos, igual por sus favores en arrullos que en sustancia, pues fueron demasiadas las hambres, de cualquier tipo, que calmó la finada.
Hoy de su memoria tan sólo se guardan tres ventanas desusadas, el jardín de huesos rotos -como esas estatuas de mármoles quebrados-, y una lápida aterida con su nombre, dos fechas y este elogio:
Escolástica Falcón Acín
(Ardanuy-Huesca 1871-Tupungato-Mendoza 1937†)
“Mujer de frontera, puta cuando tocaba y madre de arriada”
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EL DESPERTAR
Escolástica Falcón despertó bañada por ese asombro anaranjado y lejano que La Cordillera derrocha desde su horizonte inagotable. Con un bostezo agradecido volvió a recordar por qué había elegido para recogerse aquel rincón sereno del paisaje pampeano.
Como cada mañana desde hacía veinticinco años, bajó de la cama, se salpicó la cara en el aguamanil y, parada frente a un gran ventanal henchido de cumbres andinas, dejó secar su rostro al aire mientras evocaba sin temblor aquellas otras cimas pirenaicas de una infancia remota. Por un momento tan breve como ese hueco ausente y forzado que le lacraba el vientre, se imaginó feliz.
La vida de los desposeídos no tiene senderos lisos, y La Doña -que así era conocida por aquellos yerbatales: en mayúsculas y con respeto-, hubo de transitar desde bien niña por los más abruptos.
Al igual que tantas otras antes y algunas menos luego, Escolástica nació rodeada de hambres sin alivio en una aldea escasa del Aragón antiguo. Siendo despierta como era, para calmarlas practicó el más común de los afanes: con trece años huyó del surco y se buscó la vida en Barcelona; primero de mandadera en un comercio de coloniales y luego -ya pimpollo reventón- ejerciendo como doncella en una casa rica del “Passeig de Gràcia”.
Allí, aturullada con tanto marabú y tanta moderna elegancia, Escolástica perdió el terciopelo suave de alberge que explicaba la inocencia de sus pechos y algo más que no se nombra porque no hace falta, o porque queda más abajo de lo prudente. Tenían los señoritos burgueses de entonces una predilección malsana por las muchachas limpias del campo, en un torpe intento por emular las modas de lo natural que aprendieron cuando estudiaban en Manchester y Londres, -igual que hacer “sport”, o la gimnasia sueca-. La misma predilección que urgencia gastaban sus “papás” por deshacerse del “problema” según empezaba éste a crecer en el seno de la incauta -por algo aún escondían, junto a los valores del Bolsín, los viejos trabucos del somatén y las sotanas-.
Escolástica comprendió enseguida lo que vale una promesa de amor, es decir, nada, y lo mucho que cuesta desprenderse de los llantos; y también recordó lo que ya sabía, que una mujer sola, embarazada y pobre, sólo tiene una acera por recorrer: la que lleva directa al hospicio de “La Caritat” -donde arrumbó al bebé, deshecha en duelo- y sin demora a la calle Avignón, pues en aquellos renombrados “mueblés” empezaban su “carrera” las mocitas guapas y engañadas de los pueblos -y menos mal, porque aún atesoraban tiempo para terminar en peores sitios-.
Excepto dinero, el azar había depositado en Escolástica toda clase de virtudes para encarar las cosas como vienen, de modo que no supo estarse quieta y pronto se hizo con una reputación -no sé decir si buena o mala, pero a todas luces rentable- que le aseguraba un buen pasar.
No era “Lasteta” -que por ese apodo la reclamaban sus clientes con bastante rechifla- mujer de aguantaderas, sino traviesa y atrevida; lista, sí, pero también joven -demasiado- y, por ende, enamoradiza. Así que no tuvo mejor ocurrencia que renunciar a lo seguro y embarcarse hacia Cuba, hay quien dice que influida por el ritmo melancólico de las habaneras que tanto sonaban o, más bien, seducida por los mostachos impecables y el mirar profundo de un Piloto de mareas -¿por qué no sabrán convivir inteligencia y pasión sin estorbarse?-.
Y a partir de ahí, dibujada de “femme fatale”, comenzó su leyenda de seducciones, huidas y derrotas -aliñada por un rastro de niños incluseros-; una aventura de caídas y pasiones donde enfrentó a hombres con hombres, amó sin cortapisas, provocó duelos y alivió mil llagas. Era Escolástica puro imán que busca al hierro -para con él herirse sin reblar nunca-, obsesionada por hallar algún nuevo horizonte donde ocultar ese desencanto ahogado que le ladraba desde dentro como una rabia sin manos que morder: Desde La Habana a Caracas, luego Bahía -flor de cacao-, después Iquitos -de puro caucho-, Salta, el Neuquén… un periplo de lugares, escándalo y reyertas.
Años más tarde, ya corrida y desgastada, jamona por la edad y harta de galanes, fue a darse de bruces con un impresionante caserón colonial a desmano de cualquier señuelo, y se encandiló con tres ventanas -mejor dicho, del paisaje andino que enseñaban- seguramente pensando que éste no le abandonaría nunca, como sus otros amores, o porque rozó en ella algo que se fingía muerto y despertó.
Con parte de lo guardado, que no era poco, adquirió la finca y montó una pulpería para dar servicio al gaucho y al milico, al indio y la barragana, sin despreciar a nadie. Se relacionó bien con los estancieros del contorno, que buena escuela tenía, y recibió el reconocimiento general de la provincia y todos sus secuaces.
Así estaban las cosas aquel día de abril que anuncia nuestra historia cuando, extrañada, sintió moverse una sombra en el zaguán contiguo mientras se escuchaba un ronroneo suave como el lento musitar de una triste milonga. Salió afuera nerviosa, con el corazón botando, para encontrar allí lo que intuía: un cestillo en el rincón, desbordado por dos ojos asustados. Y ya fuese por caridad, o porque también tenía culpa en la conciencia -pues más de un mamón olvidó ella por esas tierras de Dios- fue sentir llorar al desdentado, que se le puso un calor así, bien prieto al pecho, y comenzó una emulsión feroz de lágrimas antiguas; y tanto pudo la naturaleza de las viejas penas que donde la ley de las cosas rectas hubiera dado en sofocos y sudores, estallaron dos manchas de leche incontenible que escurría en su camisa como llanto de pezones.
Y ya no hubo fuerza en el mundo para separarla del pequeño, y a nadie sorprendió demasiado tal milagro, pese a que las mujeres sesentonas -las corrientes-, no sacan su historia licuada en leche por los pechos. Pero así eran las cosas en aquel lugar y en aquellos días.
Es cierto que hubo quien se malició si todo era un engaño de Doña Lasti para esconder algún devaneo inconfesable, y que tal milagro no fue sino teatro por preservar su honra, y que de tan gorda como estaba nadie notó el embarazo. Tal vez, aunque en verdad la virtud de La Doña, bien dudosa, no necesitaba tapujos, y que su avanzada edad seguía otorgando al asunto la categoría de extraordinario.
Lo que tiene la natura es que no miente, y al cabo de cuatro años de alimentar tantos hijos perdidos -que ni un día dejó de darle el pecho al pequeñín-, el rorro había medrado fuerte y compacto, sano y “colorao” como un potranco, al tiempo que La Doña se consumía igual que la cecina seca, y tal pareciera que se le iba el ser disuelto en leches y calostros. Y donde hubo abundancia no quedó sino tendón y sarmiento, y pieles flojas, y ojeras agarradas. Aquello semejaba una suerte de trasvase entre dos cuerpos, pues lo que se perdía de una parte se instalaba completo en el muchacho, lo mismo las carnes que sus genios fuertes.
Al poco tiempo murió, por extenuación, quien tanto había vivido y no hubo alma del paisanaje que no pasara a presentar sus respetos, y más los agradecidos que eran muchos, igual por sus favores en arrullos que en sustancia, pues fueron demasiadas las hambres, de cualquier tipo, que calmó la finada.
Hoy de su memoria tan sólo se guardan tres ventanas desusadas, el jardín de huesos rotos -como esas estatuas de mármoles quebrados-, y una lápida aterida con su nombre, dos fechas y este elogio:
Escolástica Falcón Acín
(Ardanuy-Huesca 1871-Tupungato-Mendoza 1937†)
“Mujer de frontera, puta cuando tocaba y madre de arriada”
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