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Sobre la inaudita sencillez de lo más grande
me confieso incapaz aletargado,
innoble por un doble pecado de anestesia,
omiso,
< >y piedra,
< >y corcho,
< >y torpe.
Pasearon tres hormigas de muerte
< >por mi espalda
y sólo hice rascarme las cosquillas
sin sentir la pena que llamaba con antenas
manchadas de tu sangre manantial
< >mordido y mudo.
Y cómo no gritarme sin aullidos,
y cómo regresar con tu envolvente
capuchón tan frío como un cuerpo arrebatado
de mi lado sin esquinas,
< >erizadamente quieto.
¿Quién te ayudó a escapar de esta armadura
sin arañar del todo nuestra puerta?
...
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